El
hombre que durante años sería la pesadilla de los ejércitos españoles
con sus tácticas guerrilleras, nació en Salta el 8 de febrero de 1785. A
los catorce años ingresó en la carrera militar incorporándose al “Fijo
de Infantería” que estaba acantonado en Salta. Participó en la defensa
de Buenos Aires durante las invasiones inglesas y al producirse la
Revolución de Mayo, se incorporó al ejército patriota destinado al Alto
Perú y formó parte de las tropas victoriosas en Suipacha.
Desde
1814 Güemes se había puesto al frente de una partida cada vez más
nutrida de gauchos guerrilleros que les hacía literalmente la vida
imposible a los invasores.
El general San Martín, designado en
reemplazo de Belgrano en el Ejército del Norte, recorrió la zona de
combate a comienzos de aquel año y pudo comprobar las atrocidades
cometidas por los españoles contra nuestra gente. Los “civilizadores” no
respetaban mujeres, niños ni ancianos. Veían en los pueblos por los que
pasaban el semillero de los rebeldes, desconfiaban de todos y no se
equivocaban, todos eran sus enemigos. La estrategia española era el
saqueo, el robo, el asesinato en masa. Indignado por lo que vio y
orgulloso de la acción de los hombres de Güemes, el “Jefe” aprobó lo
actuado y le ratificó los beneficios de su táctica guerrillera.
El 3
de agosto de 1814 las tropas al mando de Güemes obligaron al jefe
realista Joaquín de la Pezuela a evacuar Salta y ponerse en retirada
hacia el Alto Perú. En su desesperación, los invasores fueron
abandonando su parque, que fue capturado por los gauchos conocidos como
“los infernales”, no sólo por el color rojo de sus ponchos.
Al año
siguiente lograron madrugar al ejército enemigo y derrotarlo en el
Puesto del Marqués el 14 de abril de 1815. El saldo fue un tanto
desparejo: los invasores sufrieron 120 muertos y 122 prisioneros; los
nuestros, dos heridos.
El triunfo de Puesto del Marqués aumentó el
prestigio de Güemes en Salta. El 6 de mayo de aquel año 15, el Cabildo
local lo designó gobernador de la provincia. Gracias a su experiencia
militar, se puso al frente de la resistencia a los realistas,
organizando al pueblo de Salta y militarizando la provincia para frenar a
los ejércitos del rey.
Pronto comprendió que tendría que
arreglárselas solo para cumplirle al único jefe que reconocía: don José
de San Martín quien tendrá permanentes expresiones de elogio y gratitud
para con Güemes y sus gauchos. Su vital tarea de contención y
distracción de las tropas españolas resultó imprescindible para encarar
el cruce de los Andes y desarrollar con éxito la campaña libertadora.
El ejército infernal se ponía en marcha. No había leva forzosa, todos
eran voluntarios. Desde los “changuitos” que apenas podían montar hasta
los viejos baquianos, desde las mujeres que formaban una eficiente red
de espionaje, hasta los curas gauchos que usaban los campanarios como
torretas de vigías y sus campanas como alarma ante la presencia del
enemigo. Todo un pueblo en armas. Machetes, lanzas, azadas, boleadoras y
unos pocos fusiles y carabinas eran las armas de aquel pueblo que
aprendía junto a su jefe que estaban solos para enfrentar al ejército
que acababa de vencer a Napoleón.
Las tácticas guerrilleras de
Güemes cobraron fama mundial y han sido objeto de estudio en academias
militares tan lejanas como la de Yugoslavia. La Biblioteca del Oficial
del Círculo Militar argentino publicó un curioso libro titulado La
guerrilla en la guerra, cuyo autor es el mayor Borivoje S. Radulovic del
ejército yugoslavo. En uno de sus párrafos dice Radulovic: “Las
montoneras de Güemes hicieron una guerra sin cuartel que ha pasado a la
historia como Guerra Gaucha. Cada uno de los miembros serviría de modelo
para fundir en bronce la estatua del soldado irregular, del
guerrillero.
El capitán español Pedro Antonio Olañeta fue
comisionado por el virrey del Perú para sobornar a Güemes quien lo paró
en seco: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son
asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con éstos
únicamente espero a Ud., a su ejército y a cuantos mande de España.
Convénzanse Uds. que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al
más infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene
acogida el interés, ni otro premio que su libertad; (…)el pueblo que
quiere ser libre, no hay poder humano que lo sujete.” ”
Los pedidos
de ayuda de Güemes eran permanentes. No se resignaba a aceptar que a
Buenos Aires no le importaba perder las provincias del Norte. Pero los
auxilios no llegaron nunca. La situación se volvía insostenible: las
clases altas salteñas le retaceaban su apoyo por el temor de aumentar el
poder de Güemes y por la desconfianza que le despertaban las partidas
de gauchos armados, a los que sólo toleraban ver en su rol de peones de
sus haciendas. El gobernador Güemes tomó la decisión de aplicarles
empréstitos forzosos sobre sus fortunas y haciendas.
Varios de ellos
habían huido a reunirse con el enemigo, y fueron ellos los que guiaron a
la vanguardia española conducida por José María Valdés, apodado “el
Barbarucho”, un coronel salteño traidor que estaba a las órdenes del
ejército español.
Las fuerzas de Barbarucho avanzaron hasta ocupar
Salta con el inestimable apoyo de los terratenientes y comerciantes el 7
de junio de 1821.
Güemes se refugió en casa de su hermana
Magdalena Güemes de Tejada, más conocida como “Macacha”. Mientras
escribía una carta escuchó disparos y decidió salir por la puerta
trasera. Logró montar su caballo y emprenderla al galope pero recibió un
balazo en la espalda. Llegó gravemente herido a su campamento de
Chamical con la intención de preparar la novena defensa de Salta.
Finalmente fue trasladado a la Cañada de la Horqueta donde pasó sus
últimos diez días de vida. En dos ocasiones el jefe español Olañeta le
envió emisarios. Le ofrecía un médico y remedios, y volvía a intentar
sobornarlo. Güemes les respondió convocando a su segundo al que le
ordenó: “Coronel Vidt, ¡tome usted el mando de las tropas y marche
inmediatamente a poner sitio a la ciudad y no me descanse hasta no
arrojar fuera de la Patria al enemigo!” Miró al oficial español que le
traía la nota de Olañeta y le dijo: “Señor oficial, está usted
despachado”.
El 17 de junio de 1821 los pobres de Salta y sus
alrededores se quedaron sin padre. Moría Martín Miguel de Güemes el
hombre que había rechazado con sus infernales nueve invasiones
españolas. Todo aquel pueblo que lo había acompañado en las buenas y en
las malas, concurrió en masa a su entierro en la Capilla de Chamical.
Mientras tanto, la Gaceta de Buenos Aires, muy lejos de los ideales de
su fundador, Mariano Moreno, informaba feliz y desvergonzadamente a sus
escasos pero influyentes lectores: “Murió el abominable Güemes al huir
de la sorpresa que le hicieron los enemigos. ¡Ya tenemos un cacique
menos!”
*Fragmento del libro "Los Mitos de la Historia Argentina" tomo II, de Felipe Pigna
jueves, 11 de julio de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
CONFEDERACIONES CONTINENTALES
Varios estudiosos del siglo XIX ya habían predicho que al siglo de la información de las nacionalidades, como se llamó a éste, debía seguir el de las confederaciones continentales.
Europa y Asia, frente al peligro mutuo, han sido impedidas por las necesidades de su defensa a agruparse bajo el signo del dólar o de la hoz y al martillo, respectivamente, formando verdaderas confederaciones imperialistas.
Estados unidos unifica sobre sí, frente a los mismos peligros, a todos los pueblos americanos de su continente del Norte, ligándolos en el destino común de su hemisferio con miras a una acción que abarque también a Europa.
Hace ya muchos años un brasileño ilustre que veía lejos – Río Branco- lanzó la idea del ABC, pacto político regional destinado a tener proyecciones históricas.
América del Sur, moderno continente latino, está y estará cada día más en peligro. Sin embargo, no ha pronunciado aún su palabra de orden para unirse. El ABC sucumbió abatido por los trabajos subterráneos del imperialismo empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada o realizada por los “nativos” de estos países “poco desarrollados” que anhela gobernar y anexar, pero como factorías de “negros y mestizos”.
El mundo se encuentra abocado a su problema de superpoblación. Su necesidad primaria es producir comida ya insuficiente. La lucha del futuro será económica y, en primer término, por esa producción. Ello indica que una parte substancial del futuro económico del mundo se desplazará hacia las zonas de las grandes reservas territoriales aun libres de explotación.
A la tercera guerra mundial de predominio ha de suceder una carrera anhelante de posesión territorial y reordenamiento productivo. De ello se infiere que un grave peligro se desplazará sobre los países de mayores reservas territoriales aptas. La amenaza procederá de un imperialismo triunfante, cualquiera sea éste.
La nueva forma colonial de ocupación y dominio puede ser de asalto comunista o de penetración económica, que ya ha comenzado de diversas maneras sobre los países que componen el “mundo libre”. La batalla por esa nueva forma colonial se decidirá sin duda en el último cuarto del siglo XX. El año 2000 llegará con ese signo o con el triunfo de las confederaciones continentales.
También las luchas económicas impulsan a los pueblos a su agrupamiento en busca de la unidad económica. Al siglo XIX – de la formación de nacionalidades – sucedió la lucha entre naciones en procura de predominios regionales. Al cansancio de esa lucha ha de suceder la desaparición de las rivalidades, odios y divisiones continentales. El mundo actual es indicio de ello. Se suceden las últimas acciones internas en Europa y Asia precursoras de su unidad. Asistiremos luego al enfrentamiento más colosal de nuestros tiempos entre Asia unida contra Europa. Estados Unidos, como un anticipo del futuro, en nombre de los Estados Unidos de la América del Norte, se unirá a Europa en la empresa común.
Entretanto, ¿qué hacemos los sudamericanos? Vivimos en pleno siglo XIX en el siglo XX, cuando el porvenir puede ser nuestro según las reglas del fatalismo histórico y geográfico, a condición de despertarnos a tiempo. El centro de gravedad del mundo en la civilización grecorromana se ha desplazado sin cesar hacia el sur. Del Adriático al Mediterráneo, del éste al Atlántico Norte, de Europa a América del Norte. El futuro ha de tocarnos a nosotros. Por lo menos estamos sindicados en el devenir histórico por situación de tiempo y espacio.
No sea que la hora llegue y nos pase lo que a otros, que tuvieron el mundo en sus manos sin saber qué hacer con él. Si nos preparamos para enfrentar las tareas del destino, es menester preparar a estos pueblos en la mística emergente de ese destino.
La unidad comienza por la unión y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación.
El futuro mediato e inmediato, en un mundo altamente influenciado por el factor económico, impone la contemplación preferencial de este factor. Ninguna nación o grupo de naciones puede enfrentar la tarea que un tal destino impone sin UNIDAD ECONÓMICA.
El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio Austral. Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrían intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible.
Desde esa base podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo?, sería lo de menos, si realmente estamos decididos a hacerlo.
Si esa confederación se espera para el año 2000, qué mejor que adelantarnos, pensando que es preferible esperar en ella a que el tiempo nos esté esperando a nosotros.
Sabemos que estas ideas no harán felices a los imperialistas que “dividen para reinar”. Pero para nosotros, los peligros serán tan graves desde el instante en que la tercera guerra mundial termine, que no hacerlo será un verdadero suicidio.
Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres. La fortuna nos ha de tender la mano. Quiera Dios que atinemos a asirnos de ella. Cada hombre y cada pueblo tienen la hora de su destino. Esta es la de los pueblos de estirpe latina.
Nosotros, los argentinos, preparados, estamos listos y esperamos. Si arrojamos la primera piedra, es porque estamos exentos de culpa.
Europa y Asia, frente al peligro mutuo, han sido impedidas por las necesidades de su defensa a agruparse bajo el signo del dólar o de la hoz y al martillo, respectivamente, formando verdaderas confederaciones imperialistas.
Estados unidos unifica sobre sí, frente a los mismos peligros, a todos los pueblos americanos de su continente del Norte, ligándolos en el destino común de su hemisferio con miras a una acción que abarque también a Europa.
Hace ya muchos años un brasileño ilustre que veía lejos – Río Branco- lanzó la idea del ABC, pacto político regional destinado a tener proyecciones históricas.
América del Sur, moderno continente latino, está y estará cada día más en peligro. Sin embargo, no ha pronunciado aún su palabra de orden para unirse. El ABC sucumbió abatido por los trabajos subterráneos del imperialismo empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada o realizada por los “nativos” de estos países “poco desarrollados” que anhela gobernar y anexar, pero como factorías de “negros y mestizos”.
El mundo se encuentra abocado a su problema de superpoblación. Su necesidad primaria es producir comida ya insuficiente. La lucha del futuro será económica y, en primer término, por esa producción. Ello indica que una parte substancial del futuro económico del mundo se desplazará hacia las zonas de las grandes reservas territoriales aun libres de explotación.
A la tercera guerra mundial de predominio ha de suceder una carrera anhelante de posesión territorial y reordenamiento productivo. De ello se infiere que un grave peligro se desplazará sobre los países de mayores reservas territoriales aptas. La amenaza procederá de un imperialismo triunfante, cualquiera sea éste.
La nueva forma colonial de ocupación y dominio puede ser de asalto comunista o de penetración económica, que ya ha comenzado de diversas maneras sobre los países que componen el “mundo libre”. La batalla por esa nueva forma colonial se decidirá sin duda en el último cuarto del siglo XX. El año 2000 llegará con ese signo o con el triunfo de las confederaciones continentales.
También las luchas económicas impulsan a los pueblos a su agrupamiento en busca de la unidad económica. Al siglo XIX – de la formación de nacionalidades – sucedió la lucha entre naciones en procura de predominios regionales. Al cansancio de esa lucha ha de suceder la desaparición de las rivalidades, odios y divisiones continentales. El mundo actual es indicio de ello. Se suceden las últimas acciones internas en Europa y Asia precursoras de su unidad. Asistiremos luego al enfrentamiento más colosal de nuestros tiempos entre Asia unida contra Europa. Estados Unidos, como un anticipo del futuro, en nombre de los Estados Unidos de la América del Norte, se unirá a Europa en la empresa común.
Entretanto, ¿qué hacemos los sudamericanos? Vivimos en pleno siglo XIX en el siglo XX, cuando el porvenir puede ser nuestro según las reglas del fatalismo histórico y geográfico, a condición de despertarnos a tiempo. El centro de gravedad del mundo en la civilización grecorromana se ha desplazado sin cesar hacia el sur. Del Adriático al Mediterráneo, del éste al Atlántico Norte, de Europa a América del Norte. El futuro ha de tocarnos a nosotros. Por lo menos estamos sindicados en el devenir histórico por situación de tiempo y espacio.
No sea que la hora llegue y nos pase lo que a otros, que tuvieron el mundo en sus manos sin saber qué hacer con él. Si nos preparamos para enfrentar las tareas del destino, es menester preparar a estos pueblos en la mística emergente de ese destino.
La unidad comienza por la unión y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación.
El futuro mediato e inmediato, en un mundo altamente influenciado por el factor económico, impone la contemplación preferencial de este factor. Ninguna nación o grupo de naciones puede enfrentar la tarea que un tal destino impone sin UNIDAD ECONÓMICA.
El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio Austral. Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrían intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible.
Desde esa base podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo?, sería lo de menos, si realmente estamos decididos a hacerlo.
Si esa confederación se espera para el año 2000, qué mejor que adelantarnos, pensando que es preferible esperar en ella a que el tiempo nos esté esperando a nosotros.
Sabemos que estas ideas no harán felices a los imperialistas que “dividen para reinar”. Pero para nosotros, los peligros serán tan graves desde el instante en que la tercera guerra mundial termine, que no hacerlo será un verdadero suicidio.
Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres. La fortuna nos ha de tender la mano. Quiera Dios que atinemos a asirnos de ella. Cada hombre y cada pueblo tienen la hora de su destino. Esta es la de los pueblos de estirpe latina.
Nosotros, los argentinos, preparados, estamos listos y esperamos. Si arrojamos la primera piedra, es porque estamos exentos de culpa.
Diciembre 20 de 1951
Artículos de Descartes. Política y estrategia (No ataco, critico) Juan Domingo Perón.
JUSTICIALISMO
EL 23 de julio nos llegan vía The New York Times LOS ECOS DE UNA CARTA DEL Papa dirigida al presidente de Semanas Sociales y publicada por L’Osservatore Romano.
Lo curioso es que esta tan importante epístola del Sumo Pontífice haya tenido entre nosotrostan poca difusión y comentarios. Evidentemente, los temas económicos y sociales no interesanmucho a los intelectuales de algunos círculos católicos que tanto se dedican a otros temas.
Nos place, en cambio, comprobar que el justicialismo hace seis años realiza con éxito losconsejos sabios y prudentes que emergen de la carta de Su Santidad.Dice la carta: “Es deber del Estado:
1º Aumentar la producción y hacerla a la vez sabiamente proporcionada a la necesidad y ladignidad del hombre.
2º Coordinar la economía sin perjudicar la libre empresa.
3º Estructurar una economía general que fomente la cooperación de todos los ciudadanos yestimule la producción.
4º Aumentar el trabajo poniendo de nuevo en circulación la riqueza inútil y dormida.
5º Cuidar de que el ciudadano más pobre no resulte injustamente perjudicado, ya que el ricoestá protegido por sus riquezas, y las masas pobres no poseen recursos a los cuales acudir como no sea el patronazgo del Estado”.
Cualquier justicialista subscribiría con gusto una carta que contuviera conceptos tan justos yacertados.* * *PERO en su carta, el pontífice romano va “justicialistamente” aún más allá al decir: “¿Cómoserían distribuidos los frutos del trabajo? Esta es una cuestión demasiado importante paradejarla librada al juego de las ciegas fuerzas económicas y requiere la intervención del Estado como coordinador”
El sistema que propugna el Papa debería estar equidistante de los errores del liberalismo y del estatismo.
* * *HACE algunos días asistimos a una pintoresca discusión sobre economía rural entre unagricultor y un capitalista, propietario de la tierra de aquél… “¿Qué diferencia hay entre elsistema colectivista ruso y el individualista yanqui?”, preguntó a cierta altura el chacarero. “¡Absoluta!”, contestó el capitalista, y ensayó así la explicación. “En Rusia no existe la propiedadprivada. Usted trabaja en la tierra y con herramientas públicas. En consecuencia, su producciónes del Estado, quien le entrega a usted de ella lo suficiente para que viva. En Estados Unidos,en cambio, la cosa es diferente, porque la propiedad privada se respeta. Usted trabaja en y conlo suyo, y la producción es inviolablemente suya. Claro que, a fin de año, el Estado le cobra austed el noventa por ciento de su producción en impuestos”. “Entonces, ¡me quedo con elJusticialismo!”, contestó el chacarero. Es lo que parece haber decidido Su Santidad sin decirlo.
Agosto 7 de 1952
Artículos de Descartes. Política y estrategia. (No ataco, critico)Juan Domingo Perón.
Cartero (autor Charles Bukowski, editorial Anagrama, 122 páginas.)
"Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos"
Charles Bukowski
Charles Bukowski
miércoles, 3 de julio de 2013
Gallinas. Por Rafael Barrett
Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...
Sin magia para vivir. Por Rodolfo Kusch
Uno de los motivos por los cuales rechazamos el altiplano, estriba en que allá se cree en la magia, y nosotros aquí en Buenos Aires, ya no creemos en ella. Somos extraordinariamente realistas y prácticos, por cuanto creemos en la realidad.
¿Y qué es realidad para nosotros? Pues eso que se da delante de uno: las calles, las paredes, los edificios, el río, la motaña o la llanura. Todo esto no se puede modificar, porque no puedo cambiar de lugar una casa, ni alterar la orientación de una calle, ni puedo traspasar diagonalmente una manzana para llegar a mi hogar, ya que mi cuerpo es mucho más endeble que las paredes. La realidad indudablemente se impone porque es dura, inflexible y lógica. Más aún, es una especie de punto de referencia para nuestra vida, porque, cuando andamos mucho en las nubes, viene una persona práctica y nos dice: "hay que estar en la realidad".
Y si no lo hacemos, se nos invoca la ciencia. Ella es la teoría que da una rara concreción a la realidad de tal modo que, no sólo ésta se refiere a las paredes y a las piedras, sino también a otros órdenes. Hay una ciencia económica para nuestros sueldos, otra para la política, otra para nuestras aspiraciones profesionales, otra para nuestros impulsos. Y todo es realidad, aunque "científica". La realidad es entonces como un mar de plomo, que abarca un sin fin de sectores, y en el cual debemos desplazarnos con cuidado.
Pero un día estamos tranquilos en nuestra casa, y viene un amigo y nos trae la noticia de que en la esquina hay un plato volador. ¿Y nosotros qué decimos? Pues ver para creer. De inmediato pensamos salir corriendo, claro está doblando prudentemente las esquinas para llegar al lugar donde se depositó el extraño artefacto. Ahí lo veremos, y luegocreeremos. La realidad coincide con las cosas que se ven.
Pero podría ocurrir que no saliéramos corriendo, y le dijéramos a nuestro amigo: "¿Me vas a hacer creer que se trata de un plato volador?" Y el amigo nos respondiera: "Todo el mundo lo dice". Es curioso, ya lo dijimos, por una parte yo le hago notar al amigo que él me tiene que hacer creer, y por la otra, él se confabula con todo el mundo, o sea con los seis millones de habitantes de Buenos Aires, para que yo le crea. Y esto ya no es ver creer, sino al revés: creer para ver. A veces tengo que ver la realidad para creer en ella, otras veces tengo que creer en la realidad para verla. Por una parte quiero ver milagros para cambiar mi fe, y, por la otra, quiero cambiar mi fe para ver milagros.
Por eso, podemos creer en la realidad y en la ciencia, pero nos fascina que un hechicero del norte argentino haga saltar el fuego del fogón, para hacerlo correr por la habitación. También nos fascina que en Srinagar, en la India, algún guru o maestro realice la prueba de la cuerda, consistente en hacerla erguir en el espacio y en obligar a ascender por ella a un niño, quien probablemente nunca más volverá a descender. Y también nos fascinan los malabaristas en el teatro, porque hacen aparecer o desaparecer cosas, o seccionan a un ser humano en dos partes, y luego las vuelven a pegar sin más. ¿Y qué nos fascina en todo esto? Pues que la realidad se modifica. ¿Y en qué quedó el carácter inflexible, duro, lógico y científico de la realidad?
Mientras escribo estas líneas veo por mi ventana un árbol. Este pertenece a la dura realidad. ¿Si yo me muero, el árbol quedará ahí? No cabe ninguna duda. ¿Pero no podría pasarle al árbol lo que a nosotros, cuando muere un familiar querido? ¿En este caso qué lamentamos más: la ausencia definitiva del familiar, o más bien la hermosa opinión que él tenía de nosotros? ¿Le pasará lo mismo al árbol? Yo siempre lo he visto hermoso, y mi vecino, quien es muy práctico, ya no lo verá asi. Cuando yo muera, morirá mi opinión sobre el árbol, y el árbol se pondrá muy triste y se morirá también.
¿Pero no habíamos dicho que la realidad es dura, flexible y lógica? Así lo dicen los devotos de la ciencia. Pero a mí nadie me saca la sospecha de que los árboles no obstante piensan y sienten. Porque ¿qué es la ciencia? No es más que el invento de los débiles que siempre necesitan una dura realidad ante sí, llena de fórmulas matemáticas y deberes impuestos, sólo porque tienen miedo de que un árbol los salude alguna mañana cuando van al trabajo. Un árbol que dialoga seria la puerta abierta al espanto y nosotros queremos estar tranquilos, y dialogar con nuestros prójimos y con nadie más. Evidentemente no creemos en la magia, no sólo porque tengamos una firme convicción de la dureza de la realidad, sino ante todo porque necesitamos llevarnos bien con 6 millones de prójimos encerrados en la ciudad de Buenos Aires. Y para ello es preciso poner en vereda a los árboles con su lenguaje monstruoso y creer en la dura, inflexible y lógica realidad. (*)
(*) Fuente: Rodolfo Kusch, Obras completas(vl), Indios, porteños y dioses, Buenos Aires, Editorial Fundación Ross.
¿Y qué es realidad para nosotros? Pues eso que se da delante de uno: las calles, las paredes, los edificios, el río, la motaña o la llanura. Todo esto no se puede modificar, porque no puedo cambiar de lugar una casa, ni alterar la orientación de una calle, ni puedo traspasar diagonalmente una manzana para llegar a mi hogar, ya que mi cuerpo es mucho más endeble que las paredes. La realidad indudablemente se impone porque es dura, inflexible y lógica. Más aún, es una especie de punto de referencia para nuestra vida, porque, cuando andamos mucho en las nubes, viene una persona práctica y nos dice: "hay que estar en la realidad".
Y si no lo hacemos, se nos invoca la ciencia. Ella es la teoría que da una rara concreción a la realidad de tal modo que, no sólo ésta se refiere a las paredes y a las piedras, sino también a otros órdenes. Hay una ciencia económica para nuestros sueldos, otra para la política, otra para nuestras aspiraciones profesionales, otra para nuestros impulsos. Y todo es realidad, aunque "científica". La realidad es entonces como un mar de plomo, que abarca un sin fin de sectores, y en el cual debemos desplazarnos con cuidado.
Pero un día estamos tranquilos en nuestra casa, y viene un amigo y nos trae la noticia de que en la esquina hay un plato volador. ¿Y nosotros qué decimos? Pues ver para creer. De inmediato pensamos salir corriendo, claro está doblando prudentemente las esquinas para llegar al lugar donde se depositó el extraño artefacto. Ahí lo veremos, y luegocreeremos. La realidad coincide con las cosas que se ven.
Pero podría ocurrir que no saliéramos corriendo, y le dijéramos a nuestro amigo: "¿Me vas a hacer creer que se trata de un plato volador?" Y el amigo nos respondiera: "Todo el mundo lo dice". Es curioso, ya lo dijimos, por una parte yo le hago notar al amigo que él me tiene que hacer creer, y por la otra, él se confabula con todo el mundo, o sea con los seis millones de habitantes de Buenos Aires, para que yo le crea. Y esto ya no es ver creer, sino al revés: creer para ver. A veces tengo que ver la realidad para creer en ella, otras veces tengo que creer en la realidad para verla. Por una parte quiero ver milagros para cambiar mi fe, y, por la otra, quiero cambiar mi fe para ver milagros.
Por eso, podemos creer en la realidad y en la ciencia, pero nos fascina que un hechicero del norte argentino haga saltar el fuego del fogón, para hacerlo correr por la habitación. También nos fascina que en Srinagar, en la India, algún guru o maestro realice la prueba de la cuerda, consistente en hacerla erguir en el espacio y en obligar a ascender por ella a un niño, quien probablemente nunca más volverá a descender. Y también nos fascinan los malabaristas en el teatro, porque hacen aparecer o desaparecer cosas, o seccionan a un ser humano en dos partes, y luego las vuelven a pegar sin más. ¿Y qué nos fascina en todo esto? Pues que la realidad se modifica. ¿Y en qué quedó el carácter inflexible, duro, lógico y científico de la realidad?
Mientras escribo estas líneas veo por mi ventana un árbol. Este pertenece a la dura realidad. ¿Si yo me muero, el árbol quedará ahí? No cabe ninguna duda. ¿Pero no podría pasarle al árbol lo que a nosotros, cuando muere un familiar querido? ¿En este caso qué lamentamos más: la ausencia definitiva del familiar, o más bien la hermosa opinión que él tenía de nosotros? ¿Le pasará lo mismo al árbol? Yo siempre lo he visto hermoso, y mi vecino, quien es muy práctico, ya no lo verá asi. Cuando yo muera, morirá mi opinión sobre el árbol, y el árbol se pondrá muy triste y se morirá también.
¿Pero no habíamos dicho que la realidad es dura, flexible y lógica? Así lo dicen los devotos de la ciencia. Pero a mí nadie me saca la sospecha de que los árboles no obstante piensan y sienten. Porque ¿qué es la ciencia? No es más que el invento de los débiles que siempre necesitan una dura realidad ante sí, llena de fórmulas matemáticas y deberes impuestos, sólo porque tienen miedo de que un árbol los salude alguna mañana cuando van al trabajo. Un árbol que dialoga seria la puerta abierta al espanto y nosotros queremos estar tranquilos, y dialogar con nuestros prójimos y con nadie más. Evidentemente no creemos en la magia, no sólo porque tengamos una firme convicción de la dureza de la realidad, sino ante todo porque necesitamos llevarnos bien con 6 millones de prójimos encerrados en la ciudad de Buenos Aires. Y para ello es preciso poner en vereda a los árboles con su lenguaje monstruoso y creer en la dura, inflexible y lógica realidad. (*)
(*) Fuente: Rodolfo Kusch, Obras completas(vl), Indios, porteños y dioses, Buenos Aires, Editorial Fundación Ross.
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