El
hombre que durante años sería la pesadilla de los ejércitos españoles
con sus tácticas guerrilleras, nació en Salta el 8 de febrero de 1785. A
los catorce años ingresó en la carrera militar incorporándose al “Fijo
de Infantería” que estaba acantonado en Salta. Participó en la defensa
de Buenos Aires durante las invasiones inglesas y al producirse la
Revolución de Mayo, se incorporó al ejército patriota destinado al Alto
Perú y formó parte de las tropas victoriosas en Suipacha.
Desde
1814 Güemes se había puesto al frente de una partida cada vez más
nutrida de gauchos guerrilleros que les hacía literalmente la vida
imposible a los invasores.
El general San Martín, designado en
reemplazo de Belgrano en el Ejército del Norte, recorrió la zona de
combate a comienzos de aquel año y pudo comprobar las atrocidades
cometidas por los españoles contra nuestra gente. Los “civilizadores” no
respetaban mujeres, niños ni ancianos. Veían en los pueblos por los que
pasaban el semillero de los rebeldes, desconfiaban de todos y no se
equivocaban, todos eran sus enemigos. La estrategia española era el
saqueo, el robo, el asesinato en masa. Indignado por lo que vio y
orgulloso de la acción de los hombres de Güemes, el “Jefe” aprobó lo
actuado y le ratificó los beneficios de su táctica guerrillera.
El 3
de agosto de 1814 las tropas al mando de Güemes obligaron al jefe
realista Joaquín de la Pezuela a evacuar Salta y ponerse en retirada
hacia el Alto Perú. En su desesperación, los invasores fueron
abandonando su parque, que fue capturado por los gauchos conocidos como
“los infernales”, no sólo por el color rojo de sus ponchos.
Al año
siguiente lograron madrugar al ejército enemigo y derrotarlo en el
Puesto del Marqués el 14 de abril de 1815. El saldo fue un tanto
desparejo: los invasores sufrieron 120 muertos y 122 prisioneros; los
nuestros, dos heridos.
El triunfo de Puesto del Marqués aumentó el
prestigio de Güemes en Salta. El 6 de mayo de aquel año 15, el Cabildo
local lo designó gobernador de la provincia. Gracias a su experiencia
militar, se puso al frente de la resistencia a los realistas,
organizando al pueblo de Salta y militarizando la provincia para frenar a
los ejércitos del rey.
Pronto comprendió que tendría que
arreglárselas solo para cumplirle al único jefe que reconocía: don José
de San Martín quien tendrá permanentes expresiones de elogio y gratitud
para con Güemes y sus gauchos. Su vital tarea de contención y
distracción de las tropas españolas resultó imprescindible para encarar
el cruce de los Andes y desarrollar con éxito la campaña libertadora.
El ejército infernal se ponía en marcha. No había leva forzosa, todos
eran voluntarios. Desde los “changuitos” que apenas podían montar hasta
los viejos baquianos, desde las mujeres que formaban una eficiente red
de espionaje, hasta los curas gauchos que usaban los campanarios como
torretas de vigías y sus campanas como alarma ante la presencia del
enemigo. Todo un pueblo en armas. Machetes, lanzas, azadas, boleadoras y
unos pocos fusiles y carabinas eran las armas de aquel pueblo que
aprendía junto a su jefe que estaban solos para enfrentar al ejército
que acababa de vencer a Napoleón.
Las tácticas guerrilleras de
Güemes cobraron fama mundial y han sido objeto de estudio en academias
militares tan lejanas como la de Yugoslavia. La Biblioteca del Oficial
del Círculo Militar argentino publicó un curioso libro titulado La
guerrilla en la guerra, cuyo autor es el mayor Borivoje S. Radulovic del
ejército yugoslavo. En uno de sus párrafos dice Radulovic: “Las
montoneras de Güemes hicieron una guerra sin cuartel que ha pasado a la
historia como Guerra Gaucha. Cada uno de los miembros serviría de modelo
para fundir en bronce la estatua del soldado irregular, del
guerrillero.
El capitán español Pedro Antonio Olañeta fue
comisionado por el virrey del Perú para sobornar a Güemes quien lo paró
en seco: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son
asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con éstos
únicamente espero a Ud., a su ejército y a cuantos mande de España.
Convénzanse Uds. que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al
más infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene
acogida el interés, ni otro premio que su libertad; (…)el pueblo que
quiere ser libre, no hay poder humano que lo sujete.” ”
Los pedidos
de ayuda de Güemes eran permanentes. No se resignaba a aceptar que a
Buenos Aires no le importaba perder las provincias del Norte. Pero los
auxilios no llegaron nunca. La situación se volvía insostenible: las
clases altas salteñas le retaceaban su apoyo por el temor de aumentar el
poder de Güemes y por la desconfianza que le despertaban las partidas
de gauchos armados, a los que sólo toleraban ver en su rol de peones de
sus haciendas. El gobernador Güemes tomó la decisión de aplicarles
empréstitos forzosos sobre sus fortunas y haciendas.
Varios de ellos
habían huido a reunirse con el enemigo, y fueron ellos los que guiaron a
la vanguardia española conducida por José María Valdés, apodado “el
Barbarucho”, un coronel salteño traidor que estaba a las órdenes del
ejército español.
Las fuerzas de Barbarucho avanzaron hasta ocupar
Salta con el inestimable apoyo de los terratenientes y comerciantes el 7
de junio de 1821.
Güemes se refugió en casa de su hermana
Magdalena Güemes de Tejada, más conocida como “Macacha”. Mientras
escribía una carta escuchó disparos y decidió salir por la puerta
trasera. Logró montar su caballo y emprenderla al galope pero recibió un
balazo en la espalda. Llegó gravemente herido a su campamento de
Chamical con la intención de preparar la novena defensa de Salta.
Finalmente fue trasladado a la Cañada de la Horqueta donde pasó sus
últimos diez días de vida. En dos ocasiones el jefe español Olañeta le
envió emisarios. Le ofrecía un médico y remedios, y volvía a intentar
sobornarlo. Güemes les respondió convocando a su segundo al que le
ordenó: “Coronel Vidt, ¡tome usted el mando de las tropas y marche
inmediatamente a poner sitio a la ciudad y no me descanse hasta no
arrojar fuera de la Patria al enemigo!” Miró al oficial español que le
traía la nota de Olañeta y le dijo: “Señor oficial, está usted
despachado”.
El 17 de junio de 1821 los pobres de Salta y sus
alrededores se quedaron sin padre. Moría Martín Miguel de Güemes el
hombre que había rechazado con sus infernales nueve invasiones
españolas. Todo aquel pueblo que lo había acompañado en las buenas y en
las malas, concurrió en masa a su entierro en la Capilla de Chamical.
Mientras tanto, la Gaceta de Buenos Aires, muy lejos de los ideales de
su fundador, Mariano Moreno, informaba feliz y desvergonzadamente a sus
escasos pero influyentes lectores: “Murió el abominable Güemes al huir
de la sorpresa que le hicieron los enemigos. ¡Ya tenemos un cacique
menos!”
*Fragmento del libro "Los Mitos de la Historia Argentina" tomo II, de Felipe Pigna
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